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Relato – Marbo Primera Parte

Hoy os aportamos otro buen relato de nuestro colaborador Pakojavier. Buen lectura.

Fecha estelar 91937M41.

Informe de actividad 246. Segmentus Obscurus. Sector espacial del planeta Lethe. Partida desde el mundo militarizado Puerto Maw tras reabastecimiento con autorización exclusiva de su excelentísimo Señor del Administratum.

marbo

Inicio de reporte:

Llovía copiosamente aquella noche en el campamento militar avanzado de la guardia imperial. Las rodadas de los tanques y las pisadas de los sentinels sólo empeoraban las condiciones del terreno y hacían patinar como un semental encabritado al salamander. Tras un brusco derrape que hizo recular a dos jóvenes y calados miembros de la guardia del perímetro, el último invitado aparcó en las puertas del edificio prefabricado de la comandancia. La élite de la escolta del general desembarcó a toda prisa y de manera efectiva pese a las condiciones.

Tras tres controles de identidad y seis minutos de explicaciones a guardias demasiado cabreados como para atender a razones. El general Göerelg del 607º Greindiano por fin se adentraba por los impersonales pasillos de rococemento de la galería principal. Pese a las tenues luces y la oscura noche, con su ciberimplante ocular ya era capaz de avistar en la lejanía los enormes goznes de la puerta blindada y a la aún más impresionante guardia de ángeles del Emperador que formaban, como amenazantes estatuas de color gris, a ambos lados de la misma.

Tras aquellas puertas acorazadas, una tensa reunión táctica estaba a punto de llegar a su punto más amargo.

Dentro, el humo de iho viciaba en extremo el ambiente y obligaba a los recicladores a trabajar a máxima potencia. La violácea niebla petroquímica exhalada constantemente por casi medio centenar de bocas, aportaba un aire siniestro a las taciturnas figuras cabizbajas que, vagamente iluminadas por el color azul apagado del holoproyector táctico tridimensional, cruzaban tensas miradas y comentarios capaces de helar la sangre a un asesino. Henchidas por el pesar de las miles de vidas desperdiciadas y las ingentes horas de sueño sacrificadas durante los dos últimos años de asedio, las palabras no aportaban ningún beneficio más que el de dejar correr la bilis almacenada por los altos mandos. El tétrico cuadro que constituían todos los asistentes estaba rematado por un sin fin de ronroneos de motores de transcripción y chirriantes sistemas de comunicaciones, por el holoproyector funcionando a máxima potencia y, aún más tenue, un constante zumbido que producía una dentera desagradable levemente tranquilizante; el de las armaduras astartes.

El capitán general Anderson se encontraba ensimismado, en lo alto de su trono de comandancia, repasando la representación tridimensional del exterior de un tramo de muralla del bastión enemigo. Mientras el inexpugnable fragmento intentaba estabilizar su forma digital sobre las densas nubes de humo y parpadeando al compás de la artillería, Anderson divagaba en un río de palabras políticamente correctas. Su atención estaba más allá de todo aquello que le rodeaba. Estaba intentado buscar la explicación que le ayudase a conservar su puesto, su cabeza y el respeto.

Al final, tras cuatro insulsas caladas que se le alargaron al comandante general como si fuesen cada una la creación de una nueva galaxia de humo, decidió aplastar nerviosamente la valiosa mitad del puro caledoniano en la calavera de bronce que hacía las veces de cenicero. Anderson decidió dar el paso de la forma más natural y preparándose, como siempre, para lo peor.

Señores. La situación, sin duda, se ha vuelto delicada y deseo expresarles mi nuevo y revisado plan de asedio del bastión renegadoLas ojeras del capitán general convertían su rostro en una burla de la parca, incluso el sórdido cenicero de bronce parecía estar en mejor estado pese a rezumar ceniza por todas sus cavidades. Como aderezo a su ansiedad, el humor de las altas personalidades que enmarcaban la enorme mesa hololítica no contribuía, precisamente, a paliar sus nerviosEspero que ninguno se ofenda por lo que tengo que contarles, caballeros…

Justo cuando el nudo del estómago de Anderson se rendía a la presión de todas las miradas presentes, la puerta se abrió de golpe y sin ceremonia alguna. Un oportuno relámpago que ahuyentó las sombras de la sala permitió ver en las caras de los presentes, lo mucho que les incomodaba que éste último individuo en concreto se retrasase. Esto se entendería mejor conociendo su historial de mando de los últimos años: ejecuciones públicas para muchos de sus soldados por dar tarde sus relevos y rutas de guardia entre otras acciones tiranas que enmarcaban su historial de general miserable sin gloria.

General Göerelg, que predique con el ejemplo no hace más que aumentar nuestro respeto por ustedLa situación habría acabado en una batalla a muerte entre todos los presentes de no ser por que aquellas dagas verbales no hubiesen salido de la garganta artificial del comandante de los Arcontes de Acero. Empero, el efecto fue sorprendentemente relajante. Ver como aquellos sobrehumanos también sentían una profunda animadversión por los métodos del general. Y cómo Göerelg se tragaba su orgullo y se sentaba con una profunda reverencia al lado del astartes, era algo que muchos de la sala disfrutamos enormemente. Confío, general, que no vuelva a recaer en tales ofensas hacia todos nosotros. Remató el arconte sin tan siquiera mirar a Göerelg.

Caballeros… Prosiguió un rígido y atónito Anderson a medio camino descendente de su escalinata de mármol­. Llamo al orden ahora que estamos todos reunidos y puestos al día de la última ofensiva a «la fortaleza de la resignación»; antes conocida como bastión de Macharius y enclave defensivo principal del planeta y de la ciudad en la que nos encontramos. Anderson auscultó con impávido rostro a todos y cada uno de los asistentes y sus respectivas guardias de honor. Desde los tres Arcontes que brillaban enfundados en sus armaduras ornamentadas con filigrana de acero recién pulidas, el Magis marciano del manípulo 56º de autómatas de asedio y su colosal escolta pretoriano de batalla automatizado, pasando por la docena de comandantes y rangos similares de regimientos desconocidos y de otros célebres. Como los Korps de la muerte de Krieg que permanecían enfundados en sus pesados uniformes antigás grises, siempre inmutables y amenazadores como estatuas de camposanto. ­No podemos seguir varados y perdiendo la vida de tantísimos buenos hombres por culpa de un maldito líder renegado enclaustrado en su baluarte de pesadilla. Como creo que todos ustedes comprenderán, la situación requiere de medidas desesperadas. Los murmullos y la miríada de chasquidos de comunicaciones internas, vaticinaron a Anderson que no iban a encajar bien la noticia.

¿De qué medida estaríamos hablando, general Anderson? ¿Acaso no dispone de poder militar suficiente con todos nosotros? Los ojos cibernéticos buscaron apoyo entre los presentes. El maldito jactancioso sacerdote marciano siempre era el más problemático. Creo que las tácticas del general Anderson no son las adecuadas pese a tener entre sus filas guerreros astartes. ¡E incluso un manípulo entero!La irritante indignación del magis empezaba a tener más que harto a Anderson y sólo anhelaba hacer rugir su pistola bólter y teñir las consolas de comunicaciones tras ellos.

Sacerdote, es “capitán general Anderson”. No olvide dirigirse a sus superiores por el rango adecuado. Y deje que el capitán general acabe su ponencia y nos permita, a todos, seguir con nuestros asuntos. Por si lo ha olvidado, tenemos un bastión que asediar.

La brusca intervención del comandante de los Korps dejó a todos perplejos. Incluso el capitán de los Arcontes miró de soslayo impresionado por la violencia contenida en cada sílaba, pronunciadas todas ellas con calculada pausa sepulcral y escupidas como la última amenaza de un moribundo a través del respirador de la tosca máscara de gas gris. Tras cinco segundos que parecieron horas, el magis taladró con su visor los iracundos ojos verdes que se podían observar a través de las lentes de la máscara del pétreo comandante de los Korps, el magis estalló en improperios y chirridos binarios. Todo ello de nuevo interrumpido, gracias al Emperador, por la enorme puerta de la sala de reuniones.

El jovencísimo mensajero cruzó el umbral atemorizado y empequeñecido entre los dos Arcontes que custodiaban el acceso y realizó un apresurado saludo militar tras cruzar la reunión y llegar a la altura de Anderson.

El capitán general no supo discernir si el infante estaba rojo por el esfuerzo o porque todas las miradas apuñalaban la espalda del lastimero soldado. Aun así, tres palabras bastaron para hacer a Anderson encenderse un nuevo caledoniano y removerse inquieto mientras despedía con una mano al mensajero.

Ya está aquí.

Las luces de la nave SO-334 “Acechadora” se atenuaron hasta el mínimo y todos los sistemas prescindibles dejaron de funcionar. El desmesurado motor central pasó a modo de inercia y pese a todo, la velocidad continuaba siendo de vértigo. La daga de color obsidiana paneleada con azulejos hexagonales de material absorbente de ondas de múltiple espectro, esquivó los bloqueos imperiales sin hacer saltar ninguna alarma de la enorme flotaba que asediaba el sistema y sus puntos de salto.

Una vez en zona segura y fuera del alcance de los sensores astropáticos y psíquicos de las naves más grandes, el servidor-astrópata y piloto-navegante avanzado, emitió una serie de órdenes encriptadas psíquicamente para que todos los compartimentos internos de la nave cobraran vida. Entre tanto, Marbo abandonó la sala de entrenamiento al oír la sirena de acercamiento planetario y pasó al lado de los dos vehículos de reconocimiento gravítico clase Phantom amarrados en la bodega. Tras superar los escáneres de seguridad rutinarios del pasillo Marbo accedió a su templo, su hogar, su armería.

Quince minutos después, abandonó la misma sala una figura semi-blindada atestada de equipo de altísima tecnología y con los elementos necesarios para cumplir una misión que había decidido cómo abordar, únicamente, con dos días de planificación. No podía permitirse ni de lejos estar en ese planeta más de semana y media. Marbo tenía órdenes más importantes que cumplir. A su espalda los inmensos mostradores blindados repletos de armas silenciadas, gravíticas, de todo tipo de proyectiles y manufacturaciones, tamaños y funciones, empezaban a cerrarse lentamente y entre siseos y zumbidos. El armario donde múltiples uniformes y ropajes acorazados con accesorios desconocidos para la mayoría, yacían al vacío, se estaba terminando de ocultar en una falsa pared. Y los soportes de los accesorios y equipo múltiple se hundían lentamente en el suelo. Las gafas de visión nocturna encajaron cumplidamente en el frontal de su casco integral y la silueta se recortó en la oscuridad sobre la poca luz de neón azulado que emitían los compartimentos a medio esconder. Por último y como ritual, Marbo alcanzó su cuchillo clavado en el marco interno de la pared metálica, acarició suavemente el filo contra su bíceps añadiendo un fino corte a la larga fila. Inmediatamente después lo sumergió en un tanque marcado con múltiples alertas de peligro biológico letal y lo enfundó en su pecho. Solo quedaba contar los minutos hasta el despliegue táctico.

Informe de agente X01, entrada en atmósfera y equipamiento completados satisfactoriamente. Aproximación a punto de reunión para la recepción de los planos tácticos, locales y de asedio conjuntos concluida. Accedido a lugar de reunión del capitán general Anderson. Procedo con la fase dos, la toma de contacto. XO1 fuera.

¿Quién está aquí, capitán general? El chirrido poco amable que produjo el respirador al que debía su vida el marine espacial, retumbó por todo el edificio. Todas las discusiones habían concluido abruptamente y los ojos volvían a estar clavado en Anderson ¿Acaso ha solicitado más ayuda externa?― ¡Maldita sea!, no llevaba ni dos minutos intentado pensar en cómo desarrollar la noticia y el condenado Arconte de Acero había roto todas sus estrategias con cinco palabras.

Vaya. Ahora no nos parecen declaraciones escandalosas. Pero si las hago yo, un gran servidor de Marte, tienen diferente calado y…

¡Cállese de una maldita vez magis Pho-Re 77!Exclamó Anderson furibundo y ya exento de paciencia. Las órdenes vienen de mucho más arriba de lo que usted se piensa y el Administratum no desea que sigamos desperdiciando recursos y personal en esta tablada, mientras nos privan de zonas de abastecimiento más defendibles. Varios de los generales presentes inclinaron su cabeza en señal de duelo al recordar la inmensa cantidad de hombres perdidos que habían llevado a sus regimientos casi a la extinción en el matadero en que se habían convertido las colinas de escombros occidentalesConsideremos esto un favor y un toque de atención. Ahora, cállese y atienda a lo que tengo que contarles…

Anderson tenía en las sienes una marcha militar interpretada exclusivamente por percusionistas y el pecho le dolía como si el gigantesco escolta biomecánico le hubiese dado una patada en pleno plexo. Pero debía apresurarse y rezar al Emperador para que con esta solución no muriesen más jóvenes leales

Me he visto obligado a solicitar ayuda de un comando especial que se encontraba, por suerte, de paso por el sector y que han accedido a desviar su ruta del inmaterium para proporcionarnos apoyo definitivo. Su nave debería haber atracado ya y se encontrará en el planeta. Seguramente de camino a este edificio ahora mismo.

Eso es imposible… Contestó confiado el Arconte. Los escáneres de nuestra flota no han detectado nada en las últimas semanas. Dudo mucho que cualquier nave pueda pasar a través de un bloqueo de nivel magenta sin llamar la atención.

No debe de ser una nave muy común, por lo que tengo entendido, ya que sólo es. Ahí va, vamos a poner el culo de diana. Un hombre el que está de camino.

Las caras de perplejidad y la barahúnda se extendieron por la reunión como un manto. Incluso varios de los oficiales de comunicaciones se habían detenido a corroborar si lo que habían oído era remotamente cierto. El capitán de los Arcontes de Acero procedió a retirarse, misteriosa y pausadamente a meditar a las sombras de su sillón entre las exhalaciones rítmicas de su sistema respiratorio artificial y con más interés en lo que tenía que decir Anderson, que en ocultar la indignación que le producía admitir en su fuero interno que estaban completamente atascados.

Menudo incompetente ¡esto es una ofensa! El capitán Arconte escuchó aquellas palabras dirigidas a nadie en concreto por Göerelg. Aunque bien sabía por sus miradas de reojo que lo único que buscaba era la aprobación de los generales colindantes y más aún, la del capitán astartes.

Todos tenemos de qué avergonzarnos, general. Lethe se ha llevado más de lo que estábamos dispuestos a dar y toda ayuda será bienvenida.

Las metálicas palabras apenas fueron apreciadas por nadie más allá de Göerelg. Cualquier otra persona que estuviese en ese momento mirando, solo habría visto un montón de jirones de humo desplazándose sin motivo aparente frente al astartes. Pero para Göerelg quedó cristalino que no debería abrir más la boca al ver cómo los dos marines que acompañaban al capitán se ponían tensos y su postura pasaba a una alerta casi imperceptible. No parecía que los sobrehumanos quisieran dejarse impresionar y pudo intuir la lista interminable de reportes que estaría recibiendo el capitán de todos los oficiales de flota y de los super soldados desplegados en las inmediaciones de la base en secreto.

guardia imperial Odon

Marbo descendía entre la tormenta a una velocidad de 278 Km/h según sus sistemas integrados. La acechadora había sobrevolado el campamento imperial sin dejar ningún rastro en los sistemas de detección tanto imperiales, como astartes. La tormenta favorecía enormemente la ocultación ya de por sí sublime de la nave, incluso Marbo tuvo la sensación de haber saltado de la nada cuando volvió la cabeza inmediatamente después de haber abandonado la acechadora. Entre la rugiente tormenta se perdieron las piezas que se desplegaron de su wingsuit integrado y el paracaídas gravítico compacto empezó su arranque. Catorce segundos después, había aterrizado sigilosamente sobre el tejado de la comandancia imperial. El liviano dispositivo que había disparado previamente la nave yacía clavado en el rocormigón prefabricado y emitiendo pulsos que anulaban las frecuencias de las torretas y sistemas de defensa estándar de las construcciones imperiales. Ahora sólo tocaba esperar a la noche y a que estuviesen presentes la totalidad de personalidades de la reunión. Mientras debatían las situaciones tácticas, el ambiente se fuese caldeando y el cansancio fuese haciendo mella en ellos, Marbo haría su trabajo.

Unas cuantas horas después y con un nuevo monzón azotando los tejados, Marbo aún no había sido identificado. Sus sistemas se estaban encargando a la perfección de engañar a los aúspex de la base e impávidamente, había analizado y estudiado a todos y cada uno de los asistentes que habían entrado por ahora. Definitivamente los astartes y el desproporcionado servidor de seguridad supondrían un obstáculo para infiltrarse. Pero no uno insalvable. Faltaban cuatro horas y media para la hora acordada de reunión y Marbo empezó a estudiar las monturas de las torretas antiaéreas situadas a su alrededor. Con un movimiento ágil extrajo una herramienta multiusos de su brazalete y avanzó lentamente y con interés hacia la defensa automatizada del ala este. Tres horas y media después Marbo estaba reptando y desmontando paneles de la zona de auto municionamiento del antiaéreo de cañones cuádruples que ahora yacía desmontado a lo largo de todo el tejado. El alto calibre de la torreta y el espacio necesario para su almacenamiento hacía que moverse por los corredores y pasadizos fuese relativamente fácil. Una vez encontró el panel que separaba los sistemas informáticos de los conductos de reciclado de aire, fue tarea sencilla. Cuando aún el crono de la interfaz marcaba media hora para entrar en escena, Marbo ya estaba en perfecta comunión con la gravedad sobre una estrecha viga en la oscuridad del alto techo y rodeado de cableado y tuberías siseantes.

¡No puedo tolerar esta ofensa descarada contra mis habilidades y las de mis autómatas! Desde que llegamos, hace ya cuatro meses, debería haber podido rendir esta dichosa fortaleza varias veces. No voy a delegar toda la tarea en un solo hombre y menos en uno que se niegue a mostrarse. Desconozco que es lo que trama, comandante general, pero no pienso tolerarlo.

Maldita sea, serénense. Anderson no sabía dónde meterse ni qué hacer ante la oleada de demandas que le llovían desde todos los frentes. Al dichoso tecno sacerdote era al que más se oía, como de costumbre. Pero la reunión amenazaba con convertirse en motín.Son las condiciones que firmé, entregarle la información en este mismo punto y una vez nos hubiésemos ido todos. No sé si estamos siendo observados o está por llegar, pero son condiciones fijadas por alguien de muy arriba. ¡Y que acepté gustosamente! Si usted así lo desea, comunique directamente con los Altos Señores de Terra y manifieste sus quejas de la manera que crea más apropiada.

Pho Re era incapaz de dominar su ira ni un segundo más y esto se percibía por las mecadendritas que colgaban de su respirador y arrastraba a su espalda, las cuales se agitaban nerviosas en todas direcciones. Y en que los implantes oculares aumentaban y disminuían de luminosidad acompasados con su respiración artificial. La simple mención de los Altos Señores había enmudecido a todo el público. Mas no estaba dispuesto a dejarse engañar ante semejante estupidez. No podía ser que ellos se molestasen en una cruzada de liberación del Segmentus Obscurus. No iba a engañar a Pho Re como al resto del rebaño.

Váyase con sus faroles a otro lado. Para mí, esta ofensa ha terminado. Pho Re se levantó lentamente mientras accionaba un pequeño control en su muñeca. Imperceptiblemente, al otro lado de la mesa, el capitán de los Arcontes hizo un signo a su escolta de no actuar hasta nueva ordenYo, con el poder que me otorgó el sacerdocio marciano, retiro la ayuda del Mechanicum a esta cruzada. Pero no sin antes eliminar esta pantomima de desagravio.

¡Que pretende maldito loco! No puede rechazar una orden directa y mucho menos amenazarme directamente ante un consejo militar y los nobles Adeptus Astartes. Por respeto a todos los presentes le insto, por última, vez a sentarse y que inmediatamente comience a acatar órdenes, antes de que lo destierre con deshonores y los acuse de herejía a usted y su manípulo.Anderson no había estado más furioso en toda su vida. Mientras observaba con sudoroso nerviosismo al monstruoso servidor avanzado, ordenaba a sus soldados con su panel táctil por códigos, no realizar ni un solo movimiento. Sólo podrían pararlo los Astartes y no sin antes desatarse una carnicería.

No es a usted a quien amenazo, Anderson.El chorro binario con el que pronunció, lo que intuyó ser su nombre, sonó terriblemente desagradable.Es a la farsa con la que ha pretendido subyugarnos a la que amenazo, para dejar bien claro que no existe tal asesino. La única realidad tangible en esta sala es su incompetencia, comandante general Anderson.

¡No sea insensato Pho Re, detenga esta locura inmediatamente! Si realmente aquel individuo estaba en el edificio y acababa destrozado a manos del brutal servidor de uno de sus asesores, no habría consejo en Terra que le salvase de volver a ser un soldado raso.

Que me detenga él mismo si es que existe. ¡EES-06, activa protocolo de exterminio ente posible amenaza encubierta tras escaneado de múltiple espectro!

Mientras, los soldados alrededor del monstruoso ciborg se retiraban temerosos entretanto éste realizaba salvajes movimientos de recarga de sus armas acopladas y sus escáneres zumbaban a toda potencia.

Anderson no pudo evitar que se le desencajase la cara mientras observaba perplejo como los láseres verdes del escáner biométrico convergían en un único punto en lo alto del techo entre la penumbra, oculto en los sistemas de refrigeración y reciclado de aire.

Que el Emperador nos ampare, estaba aquí realmente…

Marbo ya había extraído uno de sus múltiples cuchillos del arnés y había estudiado las vigas adyacentes para poderse reposicionar ante el inminente ataque del arma de alto calibre del servidor.

Se escucha un sonoro martilleo, las cámaras de recarga de las armas del servidor terminar su municionamiento y el crepitante aumento del zumbido de sus generadores dorsales confirma el nivel óptimo de potencia de combate.

Marbo ya estaba dando una vuelta en el aire, dejando caer una granada de disrupción electrónica al lado del tecnosacerdote y con el cuchillo de pulso electromagnético de alto voltaje en la otra mano, dispuesto para salir disparada hacia el visor del servidor.

Entre un coro de gritos del personal de comunicaciones, la ráfaga de alto calibre iluminó temporalmente la estancia. Los únicos que vieron caer el minúsculo objeto de alta tecnología fueron los marines e inmediatamente desconectaron todos los sistemas electrónicos y pusieron su armadura en suspensión para protegerlos de la inminente onda disruptiva.

En una fracción de segundo, la pequeña daga había surcado el espacio desde el techo al visor, el personal y algunos de los asistentes estaban aún abalanzándose al suelo cuando la ráfaga se detuvo al sexto proyectil. Justo a la vez que Marbo terminaba de equilibrarse en la viga paralela observando cómo la granada desconectaba los aparatos y la iluminación del edificio prefabricado durante treinta suficientes segundos.

Cuando se encendieron las luces de nuevo, el servidor convulsionaba fundido e inutilizado totalmente encima de la mesa. Pho Re se tambaleaba con gran parte de sus sistemas crepitando y gimoteando sin llegar a comprender del todo lo que acababa de suceder. Recobró sus implantes oculares a tiempo para verse rodeado por el personal de seguridad del campamento, y un taciturno comisario, dispuestos para llevar a cabo su arresto oficial.

La escena había sido impresionante a vista de los marines, una ejecución perfecta: había eliminado a una amenaza de alto nivel; había anulado los sensores y las alarmas con un solo mecanismo, además de la luz; había extraído los planos y órdenes; concluyendo con un plan de escape premeditado por el tejado. Un agente impecable digno de los oficios assassinorum.

No sabía cuan equivocado estaba el capitán astartes.

catachan guardia imperial

Informe de agente XO1, confirmo adquisición de documentación relevante para la misión facilitada por parte de los agentes aliados. Me he visto obligado a responder con violencia ante una agresión de un supuesto simpatizante, se informará detalladamente para su investigación. Procedo con la misión. XO1 fuera.

Marbo se encontraba, el día y a la hora acordada, en las destrozadas murallas occidentales. Ahora convertidas en un gigantesco vertedero lleno de restos oxidados, alambres de espino y una alfombra de cadáveres acumulada tras una miríada de asedios fallidos. Como macabro plus, las decenas de hectáreas de aquella barbarie eran ahora un campo minado. Suerte, que creyesen aquella zona fuese prácticamente infranqueable había incurrido en la desidia de la vigilancia enemiga. Por ello, todos los fortines a lo largo y ancho de la defensa aún en pie, estaban vacíos. Solo alguna pareja dispersa de haz de luces rompía la quietud de la noche en la supuesta retaguardia enemiga, contrastando enormemente con los destellos anaranjados que refulgían en la cara opuesta de la fortaleza. Un nuevo asedio había empezado, justo a la hora acordada, era la distracción. Comenzaba la misión.

Fin de la primera fase

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