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Traducción del Relato del Despertar Psiquico

Games Workshop nos ha ofrecido ayer un avance del trasfondo del Despertar Psiquico y así conocemos más de Fabius Bilis y Typhus entre otras cosas.

DESPERTAR PSÍQUICO: LA CONFIANZA DE UN TRAIDOR

Por Dirk Wehner – Traducción por Rubén Farraces Lucio

Una flota de naves se alejaba lentamente en la oscuridad que rodeaba a las Estrellas de Plaga. Unanebulosa flotaba en mitad de los infames sistemas, casi como una nube ondulante o una masainsondable de esporas pútridas.

Las naves de guerra imperiales que antaño habían llenado el vacío ylos satélites imperiales que habían atravesado silenciosos la fría oscuridad se veían reducidos a unosmeros pecios oxidados y chatarra a la deriva, tocados por la disformidad y destrozados por lasatenciones hostiles de los adoradores del Dios de la Plaga.

La propia sustancia que componía elespacio real hervía por el toque del Abuelo Nurgle, ya que los seguidores de esa pestilente deidad sehabían impuesto arrolladoramente en esta región del espacio. Nadie más que ellos podía esperarsobrevivir mucho tiempo bajo la sombra de esos mundos manchados de forma irreversible.

La flota navegaba con cuidado. No huían horrorizados por la malignidad rampante como habríanhecho los maestros de la flota imperial. Estaban pilotados por siervos del propio Caos: una fuerzaheterogénea compuesta por renegados, herejes y piratas de baja estofa, todos ellos unidos bajo unacausa común por un solo ser.

A bordo de la Desdicha (la siniestra nave insignia de la flota), ese ser estudiaba su premio. Enmedio de un laboratorio mal iluminado, sujeto por un campo de estasis que había sido reforzadomediante rituales impíos, el cofre colgaba en medio del aire mientras él caminaba lentamente a sualrededor. Mirando. Pensando.

Una pesada gabardina cosida con piel humana escondía su armadurade energía. Una masa contorsionada de servobrazos brotaba de su espalda, festoneados dejeringuillas, sierras y dispositivos de tortura bárbaros a los que consideraba herramientas científicas.Fabius Bilis se detuvo de repente y sonrió.“El Arca Cornucontagiosa.”“Por fin es mía.”

Se acercó un paso más al campo de estasis para examinar el objeto. No tenía un aspecto muyimpresionante y, de hecho, casi era anodino. Un cofre sencillo tallado a partir de madera retorcida,casi negra a causa de la podredumbre.

Sus juntas de cobre estaban incrustadas de un verdín que noconseguía ocultar la marca de Nurgle grabada repetidamente sobre su caja. Pero el poder quecontenía… las cosas que podría hacer si desbloqueaba las fuerzas místicas de su interior…

El campo de estasis parpadeó y, muy lentamente, una ampolla llena de pus se formó sobre el cofresuspendido. Lo que estaba viendo era completamente imposible y, sin embargo, el ArcaCornucontagiosa luchaba contra sus restricciones, demasiado poderosa para ser contenida por unatecnología tan antigua y delicada.

Demasiado poderosa hasta para las fuerzas oscuras que loshechiceros-sirvientes de Fabius habían utilizado para amplificar la fuerza del campo de estasis.

Pensar en esos dos esbirros en particular hizo que su sonrisa sardónica se ensanchara. Se habíanconvertido en unos especímenes muy interesantes después de terminar el ritual.

Bajo la influenciade la reliquia, sus cuerpos habían crecido a un ritmo anormal, convirtiéndoles en hinchadas bolsasde carne rasgada, tan distintos a algo humano como era concebible.

En su búsqueda interminable de las claves de la vida y la muerte, el camino de Fabius Bilis se habíacruzado una y otra vez con las fuerzas de Nurgle, pero nunca había contemplado un poder comoese. Una vez desatada, el Arca Cornucontagiosa generaría mutaciones catastróficas y crecimientosincontrolables a un ritmo tan alarmante que podía corromper con facilidad planetas enteros encuestión de ciclos.Aún sonriendo, Fabius avanzó otro paso hacia el campo de estasis, frotándose las manos de manerainconsciente.

Sí, no podía esperar a desbloquear todos los secretos de esta reliquia, a dominar todosu potencial para sus propios fines, a usar su poder…De no ser por esas… inconveniencias…La sonrisa de Fabius de desvaneció en cuanto ese pensamiento cruzó su mente.

El Arca Cornucontagiosa no le pertenecía en el sentido más estricto de la palabra, y la Guardia de laMuerte no estaba muy contenta con cómo la había obtenido. Los muy tontos pensaban en ella comoalgo sagrado, un regalo del Padre de la Putrefacción, y eran firmes en su ambición de recuperarla.

Desde que Bilis y sus fuerzas se la robaron, la Guardia de la Muerte había estado persiguiendoinsistentemente a su flota, derribando las naves de los renegados una a una.

Parecía que, al final, ladesharrapada flota de Fabius se había librado de sus perseguidores. Llevaban varios días sin verninguna de las abotargadas naves de la Guardia de la Muerte pero Fabius estaba seguro de quepronto volverían a aparecer.

Sin emitir ni un sonido, la ampolla del Arca Cornucontagiosa estalló, rociando pus por todo elcampo de estasis. Los desagradables goterones se quedaron suspendidos inmediatamente en mitaddel aire y se quedaron levitando como repugnantes estrellitas.- Intrigante, – musitó Fabius, inclinándose para examinarlas más de cerca.

De repente, una alarma disonante se puso a chillar y el laboratorio se vio bañado por una luz roja.Fabius torció el gesto, molesto, y se irguió. Tenía que encargarse de este asunto de una vez y parasiempre, o nunca tendría tiempo para trabajar.

Con paso rápido, su gabardina ondeando detrás de él,se dirigió al puente de mando del Desdicha.Detrás de él, el Arca Cornucontagiosa formó lentamente otra ampolla en su picada superficie.*- ¡Quiero hablar con Bilis ya!, – gruñó Grarken Furith. – ¡Volved a llamar a la Desdicha!El oxidado puente de mando de la Desolladora de Águilas era una cacofonía de alarmas aullantes,servidores deformes parloteando en un flujo continuo de flujos de datos binarios y tripulantesherejes que corrían para ocupar sus puestos de combate.

Grarken contempló desde su silla de mandoel desorden que le rodeaba. Su enorme armadura negra de energía se quejó en señal de protestacuando se puso de pie.- Y poned algo de orden en esta locura, o juro por los Dioses Oscuros que….- Querías hablar conmigo, Lord Furith, – de repente, la voz de Fabius Bilis tintineó desde el vox.

Estaba ligeramente distorsionada, pero Grarken podía seguir notando lo tranquilo y engreído quesonaba el Primogenitor. La rabia del Capitán Renegado aumentó.- ¿Eres consciente de que la Guardia de la Muerte acaba de emerger de la disformidad justo detrásde nosotros?, – gritó. – ¡Nos superan en número por mucho! ¡Estamos condenados y es tu malditaculpa!- Cálmate, Lord Furith, – dijo suavemente Bilis, provocando justo lo contrario.

– Te prometí elmando de una poderosa flota si me servías bien, ¿no? Y aquí estás, el amo de diez navíos. Tambiénte prometí que obtendríamos la reliquia, y lo hicimos.- ¡No me importa tu reliquia, Bilis!, – gritó Grarken, empujando violentamente a un humildesirviente que imploraba su atención. – ¡Lo único que quiero saber es cómo nos vas a sacar de aquí!No renuncié a mi Capítulo solo para morir aquí por culpa de tus estúpidos caprichos.

Te lo juro, sieste va a ser nuestro final, te haré pedazos personalmente.Bilis se quedó callado durante unos momentos. – Tienes que confiar en mí una última vez, – dijo. -Te prometo que saldré de esto sano y salvo.

Grarken asintió, volviendo a apartar al tenaz siervo. – Eso es lo que quería… espera… ¿qué acabasde decir?- Mi señor, – croó el sirviente, arrastrándose de rodillas y alargando la mano débilmente hacia lagreba llena de pinchos de Grarken.

– La Desdicha ha encendido sus motores y se dirige hacia PuntaMandeville.- ¡La flota de la Guardia de la Muerte está trabándose con nuestra retaguardia!, – chilló otrosirviente del puente de mando con la voz cargada de pánico. – ¡Han inutilizado a la Fuegos delTemor! ¡Están abordándola!

Grarken Furith sintió como una oleada de ira le llenaba, barriéndolo todo salvo un deseo ardiente deponer sus manos alrededor del cuello de Fabius Bilis y estrangular a ese traidor malicioso y sonriente.- ¡Ignorad a la Guardia de la Muerte!, – gritó. – ¡A todas las naves, derivad toda la energía a losimpulsores de plasma! ¡Perseguid a la Desdicha! ¡Quiero a Fabius Bilis borrado de la existencia,incluso si es lo último que hago!

La cubierta tembló por debajo de él cuando se siguieron sus ordenes, desviando toda la energíahacia los impulsores de plasma de la Desolladora de Águilas. Una sonrisa siniestra cruzó la cara delCapitán Renegado.

Atraparía a Bilis, y cuando lo hiciera…Un tirón repentino casi le hizo perder el equilibrio y unas nuevas alarmas empezaron a aullar.Durante un momento, el puente de mando se quedó a oscuras, iluminado tan solo por las chispasque saltaban de las consolas de mando sobrecargadas antes de que las luces de emergencia seencendieran.

– ¡Mi señor, se ha producido una avería catastrófica en los motores de plasma!, – gritó un sirvienteen estado de pánico. – ¡La Mutilatus, la Puño Oscuro, la Señor del Odio,… todos las naves informande problemas en sus impulsores de plasma, mi señor! ¡Toda la flota está inmóvil en medio delvacío!En mitad del pandemonio, el vox del puente de mando cobró vida y la sibilina voz de Bilis entróuna última vez.

Sus palabras se distorsionaban más y más a medida que aumentaba la distancia a laDesdicha, pero su desdén era más que obvio.- Para ser completamente honesto, Lord Furith, nunca confié en ti. Y tú tampoco deberías haberconfiado en mí.

Por favor, saluda a la Guardia de la Muerte de mi parte. Me despido.El color denudó el rostro de Grarken. Un grito, un chillido de odio, empezó a formarse en sugarganta cuando el puente de mando de la Desolladora de Águilas comenzó a temblar bajo losimpactos de la artillería de la Guardia de la Muerte.

En sus últimos momentos de vida, antes de quesu nave explotase a su alrededor, Grarken Furith aulló un único nombre.*- Bilis, – gruñó Typhus. – No me importa su flota de escoria indeseable, solo quiero a Bilis.Fluggogh Mogh dio temeroso un paso hacia atrás antes de responder. Una nube de moscas de plagasalió zumbando agitadamente de la armadura del Enumerador.

Por ahora, Typhus, sentado en eltrono de mando de la Terminus Est, parecía estar más o menos tranquilo. Aún así, no queríaprovocar la ira de su señor.- Como ya he dicho, – repitió Fluggogh, su voz un rechinar húmedo.

– La flota del Primogenitor hasido completamente destruida, pero ha escapado a bordo de su propia nave. – Retrocedió otro paso. -Me temo que con la reliquia, amo.

Typhus se movió incómodo bajo el peso de su armadura de Exterminador, mirando siniestramenteal Enumerador, como si fuese el responsable.- Eso es… desafortunado, – bramó.- Pero también hay buenas noticias, – añadió rápidamente Fluggogh. – Nuestras criaturas… losDemonios… han rastreado el olor del Arca Cornucontagiosa.

No sabemos qué planea, pero por finsabemos adónde se dirige Bilis.- Dímelo, – exigió Typhus.- La Desdicha se dirige a la Puerta Cadiana, mi amo, – dijo Fluggogh.Typhus resopló. – Entonces nos encontraremos allí con él y tendremos una conversación sobre loque quiere decir “pertenencia”.Los motores de la Terminus Est se encendieron y la enorme nave de guerra se puso en marchalentamente.

Detrás de ella, una Flota de Plaga compuesta por docenas de naves contagiadas lasiguieron, dejando un rastro de vapores pútridos que se disolvieron enseguida en la nada del vacíodel espacio.

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